“Si tus acciones inspiran a otros a soñar más, aprender más, hacer más y ser mejores, eres un líder”. Jack Welch
La función de un líder en la organización es fundamental, pues aporta una visión, a la vez que anima y conduce a las personas a alcanzarla, por lo que es el que impulsa el cambio. Existe la opinión generalizada de que un líder nace, no se hace. Es cierto que muchas personas parecen estar dotados de forma innata con cualidades suficientes para liderar grupos, pero también es cierto que la experiencia y las distintas situaciones en la vida de una persona permiten desarrollar habilidades y destrezas de liderazgo en las que “a priori” no destacaban.
Un líder debe ser una referencia para el resto, debe tener un comportamiento ejemplar. Cuando esto no ocurre, y no atiende a sus responsabilidades o simplemente a lo que se espera de él, se da una situación de descontento y desorden en la organización que puede llegar a ser peligrosa. Cuando el líder no cumple con sus obligaciones la organización podría bloquearse temporalmente y el tiempo que transcurre hasta que la dinámica de trabajo vuelve a funcionar supone altos costes internos de coordinación. Por ello, hay que hacer hincapié en que el poder y la responsabilidad son dos caras de una misma moneda. Por tanto, cuando se lidera un proyecto, hay que ser ético y tener presente que las personas dependen de las decisiones y la capacidad de trabajo del líder.
Una cuestión muy importante es el estilo de liderazgo que ejerza. El líder debe saber escuchar y tiene que ser capaz de preguntar. Esto no implica que las decisiones las tome otro, sino que a la hora de valorar las alternativas, se tenga en cuenta la opinión de las personas que realizan las actividades sobre las que se decide. Estas personas son las que mejor conocen su trabajo y por tanto su visión aporta mucho valor a la hora de tomar la decisión. Ello provoca que deba cambiar la actitud de muchas personas que piensan que su opinión es la más importante. Estas personas no permiten que se las contradigan y creen tener razón siempre, lo que no sólo provoca un descontento general en los colaboradores e incluso conflictos que llevan a la aparición de líderes informales, sino que puede llevar a decisiones incorrectas y de difícil vuelta atrás para la organización. Hay que saber cuándo se tiene razón y cuando no, pues eso es parte de la responsabilidad de un buen líder.
Cuando se impone la opinión, se suele conseguir que los colaboradores pierdan implicación en el proyecto y no se sientan importantes. Al final esto lleva a la pérdida de productividad y de talento. Un líder es bueno no sólo por él, sino porque sabe rodearse de un buen equipo de personas que aportan diferentes experiencias y puntos de vista, además de conocimiento. Esto es lo que permite tomar las decisiones más acertadas.
Por tanto, y a modo de conclusión, insistir en que un líder debe ser una persona ética y responsable con y en sus acciones, además de saber escuchar y tener en cuenta las opiniones de los colaboradores. El no hacer esto provocaría conflictos y perdida de talento, pues las personas que realmente son capaces de dar valor buscarían otras organizaciones en las que se tuviera en cuenta su aportación.
Francisco del Olmo García
Estudiante de L.A.D.E. y Economía - Universidad de Alcalá de Henares y UNED
Ayudante de Investigación.- Instituto de Análisis Económico y Social (IAES)
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