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· El apego al sillón de los mediocres, causa oculta de una crisis
E.M. López Apastegui / December 09

 

                Define el diccionario de la RAE al mediocre como “de poco mérito, tirando a malo” y no puede uno evitar pensar en la incidencia que su abundancia debe de estar teniendo en la actual coyuntura. Siendo poco amiga de las generalizaciones y consciente de las injusticias en que su formulación incurre, he de rendirme a la evidencia que mi relativamente corta experiencia me sugiere: demasiado a menudo nuestras empresas están lideradas por mediocres.

                Quienes lean estas líneas seguramente habrán conocido magníficas organizaciones que lo fueron gracias a la valentía de unos pocos y al esfuerzo y saber hacer de muchos convertidas hoy en auténticos “cementerios de elefantes” por gerentes egocéntricos que introdujeron y mantienen en ellas a sus amigotes con sueldos astronómicos y ridículas funciones. Probablemente se habrán topado con exitosas compañías que hincaron el diente a nichos de mercado de pingües beneficios y que celebran hoy su nueva hegemonía sin cuestionarse nunca sus carencias y debilidades, cegados por el resplandor de un éxito que un poco de humildad hubiera hecho y continuaría haciendo más grande. O tal vez han sabido de empresas acomodadas en crecimientos de dos dígitos con altísimos potenciales que sus directivos no quisieron aprovechar a tiempo temerosos de sus propias limitaciones.

                Entre bastidores, escenarios como los descritos muestran a cualquier espectador curioso que quiera asomarse a observarlo un denominador común: la mediocridad de sus actores. Personajes embebidos de su propio ego campan a sus anchas tomando decisiones, liderando proyectos y personas, gestionando recursos y asegurándose, por encima de todo, de ahuyentar cualquier atisbo de conocimiento y contribución a los intereses de su compañía que no provenga de su propio ingenio, no vaya a descubrirse el tamaño de su incompetencia. Por encima de estos en la jerarquía empresarial, dirigentes que aceptan entre los suyos tales conductas y las amparan con sus indecisiones tampoco merecen halagos, pues no hacen sino reforzar la veneración de quienes les bailan el agua en detrimento de los intereses de la compañía, en general, y de accionistas y empleados, en particular.

                Aun a riesgo de parecer fatalista y habiendo conocido a los más competentes profesionales, debo apuntar que he encontrado la cultura de apego al sillón con más asiduidad de la que probablemente es aconsejable. Lejos de lo que se nos ha inculcado, la falta de compromiso; de respeto a los acuerdos, a la profesionalidad e incluso al tiempo de los otros; de criterio y de la humildad necesaria para la continua mejora son moneda corriente en el devenir del escenario empresarial actual. La cultura de la mediocridad impera y, hoy más que nunca, pasa factura: con estas mimbres, estas cestas. 

 
E.M. López Apastegui
LADE y Máster en Comunicación, RRPP, Mercadotecnia y Protocolo

 

 

 

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